El martes luminoso del 15 de julio de 2025, bajo el impulso de la alcaldía local y en compañía de funcionarios diligentes, Sandra Garzón. Alexander Garzón, Patricia Pantoja, en compañia de Giovanni Patiño Vega, miembro de la casa cultural comunitaria casa sin raza, dio inició un recorrido por la localidad séptima de Bogotá, Bosa. Este periplo, además de ser un paseo por lugares emblemáticos, serviría como diagnóstico para forjar una ruta turística local. Bosa, con su rico acervo histórico, evoca el pasado muisca donde su nombre significa "cercado que protege las mieses" o alude al número 2 o al día martes.
En el parque fundacional, escenario de un tratado de paz entre españoles durante la colonia, se yergue una cruz de piedra como monumento del pacto. Sin embargo, las leyendas locales narran que sobre aquella cruz danzaba el diablo. En este mismo parque, la iglesia San Bernardino, sólida a pesar de un terremoto, custodia pinturas de artistas del siglo XVII y antaño administraba el cementerio de Bosa, lugar de descanso de las comunidades muiscas.
El recorrido comenzó en la estación de Bosa, estructura de 1895 para trenes que unían Soacha y Cundinamarca. Aunque no se permitió el ingreso, desde afuera se aprecia su arquitectura bien conservada. El último viaje registrado data de 1945. Aquí se entreteje la historia de la "loca del tren", mujer misteriosa del andén, cuya muerte se atribuye a presenciar un homicidio o a ser víctima de un atraco por supuestas riquezas escondidas en sus cobijas polvorientas. No hay fotos de esta mujer icónica.
Luego, nos acercamos a la casona de la Palestina, joya colonial de mestizaje, con puertas de madera rígida, ventanas y vigas fuertes que narran el paso del tiempo. Los jardines, adornados con esculturas de doble yo de la cultura San Agustín y murales hechos de tapas de gaseosa recicladas, brillan especialmente en Navidad cuando cientos de luces los convierten en uno de los escenarios más iluminados de Bogotá.
El camino prosiguió hacia el bosque urbano, protector de la ronda del río Tunjuelito, donde el meandro ayuda a prevenir inundaciones. Árboles robustos y flores de colores contrastan con el polideportivo San José de Maryland, abandonado pero con canchas y rutas para caminatas aún abiertas.
Continuando con el tema ambiental, llegamos al humedal Tibanica ("alcalde" en muisca), protegido por el acueducto de Bogotá. Este rincón mágico incrustado en la ciudad permite avistar los cerros orientales y disfrutar del canto de las aves. Con solo 30-35 visitantes por recorrido y un máximo de dos grupos autorizados, se busca preservar este ecosistema para fines pedagógicos de protección ambiental.
En el barrio El Regalo, uno de los más limpios de América Latina, la comunidad transforma plásticos en elementos útiles: varas, sillas, ladrillos ambientales y estructuras para casas sostenibles. No solo limpian, sino que reducen el impacto de desechos.
Ya en el barrio Porvenir, encontramos el bosque de pinos de metal, monumento emblemático donde el óxido contrasta con grafitis coloridos. Grandes paredes son lienzos de artistas urbanos creando murales que convierten el sector en una galería a cielo abierto. A lo lejos, una estructura blanca del metro en construcción se alza en el barrio Porvenir, generando un contraste arquitectónico con otros barrios de Bosa.
Intentando llegar al cabildo muisca por "la vuelta al mundo", las lluvias impidieron el paso vehicular por el lodo. Quedó la tarea de hallar elementos, monumentos, artistas, sabores, magias y memorias que hagan de Bosa un destino turístico comparable al Chorro de Quevedo, el cerro Monserrate o el Museo Nacional.
Bosa, donde la gente goza y existen maravillas, debe quedar en la memoria de propios y visitantes.
Fotografia. Patricia Pantoja, Sandra Garzón.
Giovanni Patiño Vega, perro sin raza, Colombia







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